10 noviembre, 2009

Ich bin ein Berliner. Anciano.

Lo primero que me enseñaron en la facultad es a distinguir un hecho noticiable de uno que no lo es. Al parecer, la clave está en la lógica. "Si un perro muerde a un hombre no es noticia", decía mi profesor, "pero si el hombre muerde al perro, entonces sí". A partir de este razonamiento, me gusta pensar que lo que hace interesante esta foto es que nada encaja, que nada responde a lo que uno se esperaría. ¿Qué hace un señor tan mayor con un traje así de molón? ¿Por qué, si se ha puesto tan guapo, va en bicicleta por el mundo? ¿Desde cuando los abuelos pedalean en lugar de arrastrarse en andador? Pero existe una segunda posibilidad, al margen de lo que me enseñaron en la facultad. ¿Y si al final la foto sólo es buena porque la mirada del señor es potente, y nadie se fija en todo lo demás? A veces, lo juro, pierdo el sueño tratando de solucionar dilemas como éste.

Artículo relacionado: Ancianas (en PHE).

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09 noviembre, 2009

Ich bin ein Berliner. Turista del muro.

Nueve de noviembre. Hace 20 años cayó el muro de Berlín. Como soy un amante de las casualidades, he escogido esta fecha para empezar a publicar aquí una serie sobre la ciudad. Se titulará "Ich bin ein Berliner", la frase de Kennedy que más repiten los alemanes. "Soy un alemán", en español. Arranco con una foto del muro, como todos los periódicos del mundo han hecho hoy, pero mi objetivo no es hablar de esta cicatriz de piedra. Me interesa más el señor de delante, el que saca su cámara y se pone a hacer una foto a algo que queda fuera de campo. El que da la espalda al monumento histórico más fotografiado de la ciudad. Este señor forma parte de una serie de individuos que he ido retratando por las calles de Berlín durante el verano. Mi idea, como ya enseñaré, era encontrar el equilibrio entre lo menos típico y lo más típico, entre lo que uno no se espera de Berlín y lo que uno ya ha visto mil veces.
Como siempre, las fotos se pueden ver mucho mejor aquí, en mi fotolog.

Artículo relacionado: Pintor del muro (en PHE)

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05 noviembre, 2009

España en bandeja

Nunca me había parado a pensar cuánto se le hace la pelota al turista en España. Nunca, antes de ser maltratada como turista en otros sitios. Hay países en los que al viajero desorientado no le queda otro remedio que comprar ¡en una librería! y a precio hinchadísimo un cutre-mapa turístico de la ciudad correspondiente. Ese mismo mapa que en cualquier ciudad, ciudadita, pueblo o aldea de España te ofrecería un/a amabilísimo/a empleado/a de una de las miles de oficinas de información que pueblan nuestra geografía. Lo haría, además, con la mejor de sus sonrisas y, por supuesto, de forma absolutamente gratuita.
Lo del mapa no es más que un ejemplo. Muchas otras diferencias de trato te llevan a la conclusión de que en España el turista es especialmente querido.
¡Faltaría más! ¡Si viene aquí a dejarse los dineros!
Esta idea, aun siendo cierta, tiene su vuelta de hoja: cuando se repara en la cantidad de negocios turísticos -esos hoteles, apartamentos y urbanizaciones que hormigonan nuestra costa- cuya gestión es extranjera, entonces empiezan a surgir dudas sobre la supuesta rentabilidad millonaria de un sector en el que el Estado, además, debe invertir cada año para dotar a las zonas turísticas de las infraestructuras necesarias –autovías, paseos marítimos, servicios de limpieza adicionales...- para que aquello no se congestione demasiado y no acabe convirtiéndose en una batalla campal o un merdel.
Escepticismos aparte, la cuestión es que desde los medios oficiales de este país se nos ha inculcado desde siempre la cultura del turismo y la idea de que el turista, sea del tipo cultural urbano o del tipo playero borracho, es siempre bueno; así como la obligación moral de recibirlo con los brazos abiertos. Es tal el nivel de ofrecimiento, simpatía y agasajo que el español muestra hacia sus visitantes extranjeros que llega al extremo de entregarle, literalmente, su país en bandeja. O de hacerlo todo para que al pasear por sus ciudades se sienta a sus anchas, como un rey pisando sobre alfombra roja.
No es que me parezca mal que se trate bien al turista. Simplemente, me ha llamado la atención cuando me he dado cuenta de que en otros países no ocurre lo mismo. Ah, y también cuando me he encontrado con estos dos carteles, uno de 1964 y el otro de hoy mismo, que venden exactamente ese mismo concepto. Qué poquito han cambiado las cosas.

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10 septiembre, 2009

Curiosidades de una tesis. Was ist anders in Spanien?

El famoso eslogan que no se inventó, pero sí explotó, el Ministerio de Información y Turismo de Fraga, tuvo un éxito sin precedentes. Vaya si lo tuvo. No sólo porque nuestras playas se llenaran y con ello se diera un empujón a la construcción y con ello a la economía en general y con ello a la buena imagen del régimen; no sólo. El famoso eslogan caló tanto en la sociedad que incluso ha pasado a formar parte del acervo popular como un refrán más: Spain is different!
No obstante, frente al turista de sol y playa con el que Fraga soñaba, durante los años 70 fue aumentando la cantidad de viajeros independientes atraídos por nuestro país. Estos turistas no venían con un paquete all-inclusive de un touroperator, sino en vehículo propio; y no buscaban lo mismo que los demás veraneantes, sino que cuestionaban más. Los autores de esta guía de España para alemanes, por ejemplo, se preguntan: “Was ist anders in Spanien?” (¿Qué es lo que es diferente en España?)
Este otro tipo de turista, germen del actual mochilero, venía buscando paisaje, cultura, tradición; en resumidas cuentas, lo auténticamente español. Pensando en él, estos alemanes se plantean algo totalmente diferente de las guías al uso, con sus itinerarios y sus capítulos ordenados por áreas geográficas. La guía turística del nuevo viajero debía consistir en una orientación a fondo dentro de la cultura del país –y, por qué no, ordenar los diversos temas sobre los que el viajero debe saber de forma alfabética, para su cómoda consulta mientras se va en el coche: con la A, alcázar; con la B, Basken (vascos); con la C, Cortes (acababan de celebrarse las primeras de la España democrática); con la D, naturalmente, Don Quijote … con la F, fiesta; con la S, siesta; y con la Z, Zigeuner (gitanos).
No es esta simplificación de la cultura de un país por medio de estereotipos tan vistos lo que más clama al cielo, ni tampoco la reducción de un pueblo entero a asépticas entradas alfabéticas perfectamente clasificadas. No, lo que en última instancia más indigna es que después de toda esa palabrería sobre conocer a fondo un país y una cultura, parece que la finalidad del viaje no es otra cosa que el propio deseo de aventura, la realización de la idea de vacaciones ideales que estos mochileros motorizados llevaban en mente –y que traían consigo desde Alemania.
De ahí la importancia del componente “coche”, pues esta guía se plantea especialmente pensada para conductores, con consejos sobre conducción y tráfico, recomendaciones sobre las mejores vías, sugerencias de paradas, etc. De hecho, hablan de un nuevo tipo de viaje: el “Volkswagenreise”; literalmente “viaje Volkswageniano”. Las fotos con que ilustran tal experiencia turística son bastante elocuentes al respecto: me da igual si atravieso los Pirineos, si conduzco entre olivos o por campos de Castilla; lo observo todo atentamente… desde la ventanilla de mi coche – mi casa – mi país.
Pues oigan; para ese viaje, no hacían falta alforjas –y este sí es un refrán de verdad.

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20 mayo, 2009

Parecidos


Nunca había caído en lo que se parecen.
Ese pliegue alrededor de la boca, esas patitas de gallo... ¡Y encima, los dos son estrellas de Hollywood! Sólo falta (o sobra) la gorrita de bohemio, y el parecido es total.

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20 abril, 2009

Curiosidades de una tesis. El caso de Mordechai Luk.

Me ha impresionado esta historia por lo cerca que nos pilla en el tiempo (corría el año 1964), y porque, teniendo tintes de aventura de espías del más puro estilo Jamesbondiano, da una imagen mucho menos romántica, más prosaica y también más peligrosa, del susodicho oficio.

Se trata del caso de Mordechai Luk, judío israelí de origen norteafricano, que durante una de las maniobras en que participaba como soldado forzoso del estado de Israel, decidió fugarse y pedir asilo en Egipto. Allí, sospechoso de ser en realidad un espía israelí, fue encarcelado, interrogado y torturado, hasta que a cambio de su libertad aceptó trabajar para los servicios secretos egipcios. Así, el señor Luk, judío pero traidor a Israel, africano pero judío a los ojos de los egipcios, se convirtió en un espía para su majestad el rey de Egipto, consistiendo su misión en recabar datos sobre las eventuales operaciones israelíes en suelo europeo.
Hombre “elegante, vividor y mujeriego pese a tener mujer y cuatro hijos, y siempre portando gafas oscuras”, según le describen los periódicos de la época, en Italia debió de dedicarse a la dolce vita más que a trabajar, hasta el extremo de que su exiguo salario de 150 dólares mensuales no le alcanzaba para sus gastos –realidad muy desmitificadora, ciertamente, de esa figura romántica del espía sofisticado y cuasi millonario. Descontento porque sus jefes no le subían el sueldo, (y supongo que también descontentos sus jefes porque no daba un palo al agua), Luk llegó a amenazar al Secret Service con delatarles a los israelíes e informarles de sus actividades en Europa.
Decididamente, Luk se había convertido en un grano en el culo. Los mandos de la inteligencia egipcia, que por aquel entonces parece que no se andaban con chiquitas, decidieron cortar por lo sano: en mitad de Roma-la nuit, raptaron a Luk, lo drogaron y amordazaron, y lo metieron en una maleta que al día siguiente facturaron rumbo a El Cairo.
En el aeropuerto, los guardas de aduanas –se dice que alertados por judíos amigos de Luk, lo cual confirmaría el doble juego del supuesto agente egipcio-, sospecharon de ese gran baúl marcado con la inscripción “Valija diplomática”, al vislumbrar una serie de agujeros practicados en su superficie que bien podían actuar de orificios de respiración. Abrieron la maleta, y allí estaba el maltrecho espía semiinconsciente.
Envalentonado por el escándalo internacional que se extendió contra los métodos de los egipcios, Luk volvió a su patria creyendo, vaya usted a saber por qué, que sería recibido como un héroe o un mártir. Los israelíes le juzgaron por traición, y fue inmediatamente encarcelado.

Así acaba la historia del vividor que quiso jugar a ser James Bond. Pero lo más inquietante del asunto es que en declaraciones sobre el caso, fuentes relacionadas con los servicios secretos árabes afirmaron que la famosa “valija diplomática” ya había sido utilizada con anterioridad, por lo menos, en tres ocasiones.

Más inquietante todavía, por cierto, en la foto, la denuncia de Amnistía Internacional contra el tráfico de personas, hoy.

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25 marzo, 2009

Curiosidades de una tesis. La cabeza de Goya

Goya murió en su exilio de Burdeos el 15 de abril de 1828. En 1880 se trasladó su cadáver a Madrid, al cementerio de San Isidro. Cuando ocho años después nuevamente se le quiso cambiar de sitio para darle una sepultura más honorífica, su cadáver apareció descabezado. En algún momento, durante esos vaivenes de exhumaciones y traslados, su cabeza había desaparecido. Con la rapidez de gestación que caracteriza a los bulos y los mitos, enseguida surgió la leyenda: antes de morir el pintor había expresado su deseo de que su cabeza “descansara junto al pie de la Duquesa de Alba”. De esta forma, la desaparición no era más que la consumación de su último deseo en vida, y si hoy abriésemos la tumba de Cayetana, probablemente encontraríamos la cabeza del pintor junto a sus pies.
Brrrr… Se me pone la piel de gallina de pensar en esa cabeza viajando solita por el mundo, en busca del cadáver de la amada.

Pero todo este tema de la decapitación de Goya me hace pensar en ese otro momento en que el pobrecito pintor de Fuendetodos se vio brutalmente descabezado: cuando su obra fue manipulada, reinterpretada, vuelta del revés y, sobre todo, políticamente neutralizada, por el Régimen franquista.
Allá por los rancios cuarentas y cincuentas, los ideólogos culturales del Régimen se encontraban en un atolladero. Franco, necesitado de divisas extranjeras que le sacaran de la crisis económica, quería regenerar su imagen de cara a la comunidad internacional. Una modernización cultural sin precedentes sería la mejor presentación en sociedad. De repente, era necesario insuflar aires nuevos a un panorama artístico que llevaba décadas monopolizado por el academicismo más anquilosado. Goya traería la solución al problema: sólo había que olvidarse de todos los Zurbaranes y Velázquez que habían simbolizado la recuperación de nuestra gloriosa historia imperial, y buscar referentes más modernos. Así pues, Goya empezó a estar en boca de todos los jerifaltes de las instituciones culturales franquistas, que invocaban en cada discurso el nombre del “Padre de la Modernidad” y lo relacionaban automáticamente con Picasso, Tàpies, Saura, o cualquier otro artista moderno. De este modo, unían todo el arte de vanguardia con la tradición más española, y legitimaban cualquier conato de vanguardismo que, por la vía de lo propio y de la tradición, quedaba debidamente neutralizado y listo para ser apropiado por el discurso franquista.

Pobre Goya. El autor de los Desastres de la guerra, desprovisto de todo contenido político; brutalmente descabezado. Y pobrecitos nosotros, que nos tragamos el anzuelo, y aún hoy seguimos empeñados en ver señas de españolismo y de tradición en todos nuestros artistas modernos.

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13 marzo, 2009

Los mejores pintores de la historia

Siempre he pensado que nuestras obras las tienen que juzgar los demás. Cuando en el cole se hacía la típica dinámica de grupo en la que tenías que escribir en un papel cómo te definías como persona, para que los demás adivinasen quién era la persona descrita en cada papel, me atacaba un extremo pudor que no me dejaba encontrar ninguna cualidad, ni buena ni mala, que decir sobre mí. En cuanto a las descripciones que los demás escribían en sus papeles, la verdad es que nunca solían cuadrar con la idea que de ellos tenían sus compañeros, lo cual demuestra que no somos nosotros, sino los demás, los que tienen que juzgarnos.
Algo parecido ocurre con los artistas. Algunos dan valoraciones de su propia obra y se juzgan a sí mismos, por cierto, con mucha manga ancha. Bueno, pues esos juicios, por lo general, se alejan bastante de la fortuna crítica que han tenido posteriormente. Algunos llegan a declararse, sin más rodeos, “los mejores artistas de la historia”, pero esa misma historia no tarda en ponerlos en su sitio. Así, a bote pronto, se me ocurren tres ejemplos:

1. Rousseau, “el aduanero”. Este hombre, autodidacta total que empezó a pintar ya bastante mayor, se consideraba un genio. Sus contemporáneos, que se daban cuenta de que no pintaba con ese estilo naif porque fuera así de moderno sino porque no sabía hacerlo mejor, le encontraban gracia al asunto, y Picasso llegó a invitar a toda la plana mayor de la bohemia parisina a un gran banquete en honor de “Henri Rousseau, el mejor de todos nosotros”. Al parecer, el pobre hombre, que en su locura se creía realmente el mejor pintor de la historia, no pilló el chiste.

2. Luego está el caso de Giorgio de Chirico. Para el inventor de la pintura metafísica, los locos eran quienes no se dieran cuenta de que él, y sólo él, era el mejor. Los demás artistas de vanguardia no eran más que “pseudopintores envidiosos”, y sus obras, “costras modernas”. Y quien le llevara la contraria, no sólo estaba loco, sino que era algo mucho peor: “un intelectual”. Todo ese odio se lo provocaría probablemente el insoportable de Breton, por haber puesto de moda sus cuadros metafísicos de juventud en un momento en que a él, viejo, cansado y aburrido, se le habían acabado las visiones metafísico-surrealistas y ya no le salía pintar así.

3. En cuanto a Dalí, su estrategia fue la de hacerse el loco, para que así todos creyésemos que era un genio. Yo no sé si él realmente se creía el mejor pintor de la historia, y también dudo que estuviera loco de verdad. Pero el hecho es que la cosa le salió bien. Aunque poco le duró, porque al final de su vida todo el mundo se había dado cuenta ya de que ese señor grotesco de los bigotes imposibles era un fantoche y de que, además, no era nadie sin Gala.

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26 febrero, 2009

Curiosidades de una tesis. Heligoland.

Heligoland es una isla del mar báltico que en la actualidad pertenece a Alemania, aunque a lo largo de la historia ha pasado también por las manos de Dinamarca e Inglaterra, y en un futuro no muy lejano dejará de pertenecer a nadie, porque el mar al parecer se la está tragando a marchas forzadas.

Durante la II Guerra Mundial los nazis la utilizaron como base naval, y aquello se convirtió en un cementerio cuando en el 45 los aliados decidieron quitarse ese pequeño grano en el culo a base de bombazos. Desde entonces, la isla pasó a pertenecer al Imperio Británico, que la utilizó como base científica y militar. En abril de 1947, con la excusa de demoler las instalaciones militares nazis y desactivar las bombas que todavía pudieran quedar en activo, los ingleses organizaron una gigantesca explosión que aún hoy se recuerda como el British Bang.
La finalidad de aquel genial zambombazo que entró en el Libro Guinness de los Records como “la mayor explosión no nuclear de la historia”, era al parecer puramente científica: estudiar los efectos sísmicos derivados de la explosión desde las estaciones sismológicas del Norte de Europa. Sin embargo, los habitantes de la isla, que habían sido previamente evacuados, estaban convencidos de que lo que los británicos querían era borrar su isla de la faz de la tierra, y de paso quedarse con los tesoros que, se decía, escondía en sus profundidades. De hecho, algunos estudiosos habían situado en Heligoland nada menos que la legendaria Atlántida de la mitología griega. Para estar seguros de que no les robaban lo que era suyo, unos cuantos pescadores, desoyendo la prohibición de acercarse a la isla hasta que hubiera pasado el peligro, acudieron a las pocas horas del Bang en busca del tesoro.

No se sabe si lo encontraron, ni si murieron descalabrados por algún cascote, pero la leyenda de la isla Heligoland continúa. Y los arqueólogos de todo el mundo siguen buscando la Atlántida. De hecho, periódicamente celebran los “Congresos Internacionales Sobre la Atlántida”, de los que han salido los llamados “24 criterios para la localización de la Atlántida”. Pero estos criterios de búsqueda no hablan de tesoros, sino que dan informaciones mucho más precisas, como “los elefantes estaban presentes en la Atlántida”, “las rocas en la Atlántida eran de varios colores: negro, blanco, y rojo”, o el nada desdeñable dato de que “cada 5º y 6º año, sacrificaban toros”.

Que Indiana Jones nos asista. Ya, ni los mitos son lo que eran.

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23 febrero, 2009

De viajes y suecas en bikini.

Dicen que el viaje en realidad no existe. Que, vayamos adonde vayamos, nos quedamos en casa, porque siempre transportamos una pesada carga en nuestro equipaje: nuestro imaginario. Nuestros recuerdos sobre un sitio o los que otros nos han contado, las fotos de los catálogos y las guías de viaje, la literatura y el cine de tal o cual país… Quizás creamos que vamos a visitar un lugar nuevo, pero en realidad sabemos muy bien lo que nos vamos a encontrar; o al menos será eso lo que veamos. Nos vamos pero nos quedamos, porque con nosotros viaja nuestro imaginario.
Por eso se dice que no hay viajes de ida y vuelta, sino sólo de ida: exportamos con nosotros un imaginario pero nunca nos traemos otro distinto de vuelta. En el fondo, es como si no nos hubiéramos ido.
Esto, aplicado al mito del Spain is different, sol y playa, fiesta y siesta de los setenta, es la novela de Daniel Sueiro, Solo de moto. Editada por un loco de la velocidad que decidió hacer una colección de novelas sobre motos, Gas Editorial, e ilustrada por el dibujante de la movida Víctor Aparicio, Solo de Moto nos cuenta el viaje de un mecánico madrileño que un sábado de agosto al salir del curro decide coger su Ducati y bajar zumbando a Torremolinos. Está harto de la ciudad y va a ponerse las botas con las suecas en bikini, va a correrse la juerga padre y a ser el moreno ardiente que le han dicho que es. Por fin, tras kilómetros y kilómetros de sudar, maldecir y tragar polvo en la N-IV, nuestro macho-man llega a la meta. Pero ya es domingo. Está atardeciendo, y tiene que volverse pitando a Madrid para fichar en el curro, puntual, el lunes. Así que maldice de nuevo, y se promete que la próxima vez.
Se va sin haber visto ni una sueca. Pero no duda que están ahí.
Los viajes, como decía, son sólo de ida, y en realidad es como si nos hubiéramos quedado en casa.

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